La creatividad ha muerto. Larga vida a la creatividad.

“Los 7 hábitos de las escuelas altamente creativas”.

Navegando por las redes sociales, atendiendo a los medios de comunicación tradicionales o escuchando alguna de las muchas conversaciones entre padres, podríamos asegurar que la frase “la educación que tenemos mata la creatividad” está de moda (es “trending topic”).

Y es que últimamente parece que la actual educación tiene la culpa de todo, incluso de “matar a la creatividad”. Y no es que no la tenga, es que no es la única culpable. La actual sociedad, las propias familias, muchos grupos sociales, ciertos valores de moda o la ausencia de otros imprescindibles ya en desuso… Todo ello está matando, o más bien coartando, muchas de las habilidades imprescindibles para desenvolvernos con fluidez, comodidad y éxito en esta nueva era del conocimiento compartido. Destrezas tales como el espíritu crítico, la capacidad emprendedora, trabajar en equipo, comunicarnos o entender lo que nos comunican, la empatía, etc., están viéndose claramente olvidadas.

Mi compromiso para con la creatividad, con la mejora de la calidad de la educación o para con esos profesores o escuelas que buscan adaptar su educación a los nuevos paradigmas sociales; para con esos niños y jóvenes que tienen tanto que decidir y hacer o para aquellos que están aprendiendo o emprendiendo; todo ello me ha llevado a investigar y dar a conocer los hábitos más comunes en aquellos entornos donde se potencia y fortalece, tanto nuestra capacidad creativa, como las demás competencias necesarias en el s. XXI.

Tras analizar la entrevista entre Steve Wozniak y Tony Wagner ¿Qué educación necesitan nuestros hijos para afrontar el futuro?, así como su imprescindible TEDxNYED Juego, Pasión y Propósito, he decidido compartir mis reflexiones en este artículo, analizando las principales causas por las que el actual sistema educativo es contrario a aquellos procesos de aprendizaje que favorecen y alimentan la capacidad creatividad de niños y jóvenes, siendo esta la habilidad más demandada en nuestra sociedad hiperconectada que avanza, cambia y crece de manera exponencial. Y en la que sólo aquellos que estén preparados y sean lo suficientemente flexibles, creativos y proactivos para adaptarse (o incluso anticiparse) a los procesos de “cambio constante”, podrán sobrevivir y triunfar.

 

Los 7 hábitos que caracterizan a las escuelas altamente creativas, y que gran parte de nuestras escuelas no cumplen son los siguientes:

1.- Celebran y recompensan los logros colectivos.

Lamentablemente, la gran mayoría de las escuelas recompensan y celebran los logros individuales frente a los logros colectivos, esos que son más fácilmente evaluables.

Pero los procesos creativos son un “deporte” de equipo, en los que la colaboración y la cooperación entre las personas es algo básico e imprescindible. Como bien dice Walter Isaacson en su libro Los Innovadores, el siglo XXI ya no va tanto de solistas, como de coristas.

Coristas que trabajan en equipo, que crean y aprende colaborando entre ellos de forma cooperativa.

Dice un proverbio africano: “Si quieres ir rápido camina sólo, si quieres llegar lejos ve acompañado“. Pues bien, creo que esta frase es claramente extrapolable al mundo de la educación.

Y como muestra, esta imagen extraída de una conferencia del gran neurocientífico David A. Sosa, donde se aprecia claramente la diferencia entre la actividad cerebral de un joven aprendiendo de un profesor, o de ese mismo joven aprendiendo en equipo con otros compañeros.

2.- El objetivo de su formación no está en la especialización.

En muchos de nuestros colegios siguen educando dentro de la especialización en líneas académicas estancas: lengua, tecnología, matemáticas…  Pero la creatividad y la innovación se basan en la interdisciplinaridad y en el aprendizaje basado en proyectos que ya han ido incorporando algunas escuelas.

Es evidente, que la mayoría de los problemas del complejo mundo en el que vivimos ya no se pueden resolver (ni siquiera entender) basándonos en la especialización de las diferentes disciplinas académicas, sino en la interdisciplinaridad de conocimientos o en la creación de equipos multidisciplinares.

3.- Favorecen la asunción de riesgos y valoran el fracaso como parte del aprendizaje y de la autoestima.

El sistema educativo promueve que los estudiantes se dediquen a responder aquello que desea el maestro, y a que los maestros eviten los problemas y conflictos. Tanto educadores como alumnos están obligados a evitar fallos y riesgos.

Sin embargo, el mundo de la creatividad está directamente relacionado con la toma de riesgos y la posibilidad de cometer errores y aprender de ellos. Sin ensayo, prueba, error e iteración no existe ni creatividad ni innovación.

Aquellas escuelas que han aceptado e incorporado el fallo como base de su aprendizaje, están favoreciendo enormemente las capacidades creativas de alumnos y profesores.

Al fin y al cabo, los procesos de creatividad tienen mucho que ver con el método científico, en el que se valora tanto los éxitos como los fracasos (de hecho, entre los científicos hay un dicho que dice “el mayor fracaso es no intentarlo”). Averiguar cuál es el camino a seguir, está asociado directamente tanto a puertas que se cierran (fracasos) como a las que se abren (éxitos).

En la educación, como en la ciencia, los errores no son fracasos sino hay iteraciones que llevan al aprendizaje, pues no cabe duda que el principal medio para el aprendizaje es el fallo y no el acierto (solo aprendemos cuando necesitamos que mejorar, y por tanto, del éxito disfrutamos y del fracaso aprendemos).

Pero evidentemente, los fallos o fracasos son dolorosos, e intentamos constantemente proteger del dolor a nuestros niños y jóvenes, tanto en la escuela como en casa. Vivimos en una sociedad hiperprotectora llena de padres superprotectores que quieren hijos perfectos que no cometan errores, que no saquen malas notas que puedan, en definitiva, afectar a su futuro “laboral”. Y no estamos teniendo en cuenta que superar un fallo o recuperarnos de un fracaso es la base de la autoestima y del aprendizaje.

Si a los alumnos les damos la confianza para poder equivocarse o fallar sin penalizarlos, les estamos empoderando para no tener miedo a probar nuevas esas ideas y experiencias, que son la fuente de toda originalidad, creatividad y principio básico de la innovación. Solo si probamos y arriesgamos, podremos innovar y avanzar.

4.- Evitan el consumo pasivo y promueven la creación de conocimiento y el espíritu crítico.

En la actual sociedad de consumo, muchas de nuestras escuelas se han convertido en la principal fuente de buenos y leales consumidores. En ellas se imparte una educación directamente ligada al consumo pasivo. Los alumnos se sientan diariamente en ellas y reciben un constante e intenso bombardeo de productos paquetizados, pensados y organizados para facilitarles y acelerar su aprendizaje.

Sin embargo, encontramos algunas escuelas donde no se consume conocimiento de forma pasiva, sino donde crean conocimiento de forma proactiva y participativa. Escuelas en las que los alumnos crean productos reales para personas reales que no se conforman con lo que les dan ya digerido. Escuelas que basan su aprendizaje en el “learning by doing (aprender haciendo o creando)”, en el “aprendizaje basado en proyectos (ABP)” o el “problem based learning (PBL)”.

Es en estas escuelas donde realmente se estimula, junto con la creatividad, otra de las habilidades necesarias para trabajar, aprender y ser ciudadano del siglo XXI: la capacidad crítica. Los estudiantes, es este proceso de creación y “learning by doing”, aprenden a hacer buenas preguntas. Y hoy en día, aprender a hacer buenas preguntas (fomentar su espíritu crítico) es mucho más importante que memorizar respuestas o contenidos (que podemos encontrar en tiempo real en cualquiera de nuestros dispositivos tecnológicos).

5.- Cuentan con incentivos intrínsecos para el aprendizaje.

La educación que hemos heredado se basa en el método lancasteriano de aprendizaje (creado en la revolución industrial y aún vigente en muchas escuelas dos siglos después), promociona los incentivos explícitos, las “zanahorias y palos”, los premios o becas para las mejores notas o calificaciones.

Pero las escuelas que fomenta una formación creativa, basan su educación en la motivación intrínseca, aquella que verdaderamente nos impulsa a crear e innovar. Intrínseca es la motivación que nos incita a perseguir un propósito, la que nos impulsa a ser mejores, a crecer, a ayudar a los demás y, en definitiva, a imaginar o querer crear un mundo mejor.

Las personas que aprenden o trabajan impulsadas por motivaciones intrínsecas son más cooperativas y autónomas, menos competitivas con otras personas y más entusiastas. Tienden a mantener un mayor interés en algo durante un período de tiempo más largo que aquellos que se mueven por motivaciones extrínsecas.

6.- Potencian las disciplinas relacionadas con el arte y las humanidades.

Resulta sorprendente como, mientras en el sistema educativo español se están reduciendo drásticamente las horas de clases de arte y humanidades (filosofía, música, plástica), en la innovadora y tecnológica universidad americana del MIT (Massachusetts Institute of Technology) los alumnos están obligados a dedicar al menos el 25% de sus horas lectivas a asignaturas tales como música, literatura, plástica o historia. Como Beborah K. Fitzgerald del MIT explica en una entrevista del Boston Globe, “los retos que debe resolver la ingeniería están ligados a realidades humanas, y por tanto, al humanismo”.

Pintura de Friedensreich Hundertwasser

Distintas investigaciones científicas como la desarrollada por el profesor Elliot W. Eisner de la Universidad de Stanford o por Howard Gardner en su teoría de las inteligencias múltiples, demuestran que el estudio de las artes potencia en niños y jóvenes una sensibilidad que les permite desarrollar una ética más sólida, a la vez que les estimula y potencia otras series de destrezas y habilidades básicas para la fluir con éxito en esta sociedad del conocimiento compartido:

. – Permite concentrar la atención, profundizando en la interioridad de niños y jóvenes.

. – Fomenta la perseverancia y capacita para afrontar lo inesperado

. – Muestra múltiples perspectivas para tener diferentes aproximaciones del mundo que les rodea.

. – Evidencia que las ideas se pueden convertir en realidad a través del emprendimiento.

. – Aprenden a expresarse y a comunicar sin necesidad de palabras.

. – Enseña a tener buen juicio sobre las relaciones cualitativas.

. – Demuestra que no hay una sola solución para los problemas y que las preguntas pueden tener más de una respuesta.

. – Facilita el aprendizaje de las habilidades individuales y las cooperativas, aumentando la confianza en sí mismo y favoreciendo el trabajo en equipo.

. – Desarrolla las habilidades creativas.

. – Fomenta la tolerancia y la apertura de miras.

7.- Poseen espacios flexibles, alegres y creativos que estimulan la imaginación.

Loris Malaguzzi, el gran pedagogo italiano de los años 50 del pasado siglo, hablaba de los tres maestros que todo niño y joven tiene: el primero, los adultos, sus profesores, padres y familiares; el segundo, los otros niños, sus compañeros y amigos; y el tercero, el entorno construido, su colegio, su casa, su ciudad. Es evidente que el espacio es un elemento más de la actividad docente, el llamado tercer profesor. El ambiente del centro y del aula constituye un instrumento imprescindible para el aprendizaje de las habilidades creativas.

Si ponemos nuestra atención en muchos de nuestros actuales colegios, anodinos, cerrados y asépticos en el mejor de los casos, podemos apreciar que han cambiado muy poco a lo largo de los últimos cien años. Seguimos encontrando entornos propios del siglo pasado, espacios compartimentados en cubículos que impiden la comunicación, la interacción y, por tanto, cualquier posibilidad de creatividad e innovación.

Pero como bien dice Ken Robinson en su afamada charla de TED Talks, “La imaginación, base de toda creatividad, requiere de entornos adecuados que la cuiden y favorezcan. No de entornos cerrados, rígidos y obsoletos, sino de lugares abiertos, flexibles y divertidos en los que podamos dejar volar nuestra imaginación”. Y si nuestra capacidad creativa es la más potente herramienta de adaptación y generación de ideas que la naturaleza nos ha proporcionado, “en la sociedad del siglo XXI la creatividad es tan imprescindible como la alfabetización”, añade K. Robinson.

Uno de los grandes neurocientíficos de este país, Francisco Mora, en su fantástico libro “Neuroeducación”, se pregunta: “¿Por qué enseñar a los estudiantes en clases amplias, con grandes ventanales y luz natural produce más rendimiento en ellos que la enseñanza en clases angostas y pobremente iluminadas?… ¿Es posible que la arquitectura de los colegios no responda hoy a lo que de verdad requiere el proceso cognitivo y emocional para aprender y memorizar acorde a los códigos del cerebro humano, y sean, además, potenciadores de agresión, insatisfacción y depresión?”.

Necesitamos configurar ámbitos versátiles, dinámicos, divertidos, alegres y frescos que estimulen nuestra imaginación y creatividad, y que nos permitan desarrollar adecuadamente las nuevas dinámicas de aprendizaje tales como las inteligencias múltiples, flipped classroom, trabajo cooperativo, actividades maker o de networking-coworking con padres.

Y una última reflexión: no deberíamos olvidar que, si nos lo proponemos, cualquier espacio puede llegar a ser un lugar óptimo para la creatividad y la innovación abierta.

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